viernes, 4 de junio de 2010

EL RETORNO DEL CAMINO por Aida Rebeca Neuah


Un parpadeo y me encuentro parado en una larga fila de gente esperando. Tengo un papelito con el número 225 escrito a relieve en la mano.

-¿Qué número tiene señora?- pregunto a una anciana de batón con una canasta de compras colgada del brazo.
-987- responde mirando mi número- andá para adelante pibe que vos estas antes.
Camino adelantándome en la hilera asombrado del orden que imperaba. Hay personas de diferentes países, razas y épocas. Cada cual tiene su papelito en la mano. Avanzo una eternidad hasta encontrar mi lugar en la fila entre un señor vestido de Don Quijote y un hincha fanático de San Lorenzo. Suspiro al comprobar que faltaban solo tres personas y llego a la ventanilla. Bien…
-224- grita La voz. El Quijote toma su lugar frente a la ventanilla.
-¿Otra vez por acá Don Álvaro? ayer quedamos en que iba a ser un caballero hidalgo. Que acordó con su esposa encontrarse en España en el 1600. Lo mismo que la otra vez, le explico que el destino una vez acordado no tiene cambio, la carpeta de su esposa no se puede abrir y yo no puedo saber donde está ni quién es. ¿Está claro?
En esta última frase La voz se pone de pie y le veo el rostro. Me quedo sin aliento.
-El próximo. 225.-Mamaaaaaaaá- dije temblando de emoción. No la veía desde… desde… desde hoy a la mañana que me trajo el desayuno. -¿Qué hacés acá mami? ¿Qué hago yo en este lugar? ¿Quienes son estos?- dije señalando la interminable y colorida muestra de personajes con sus vestimentas exóticas. Mi madre levanta la vista me sonríe mientras saca del cajón del escritorio un cartel "vuelvo en un rato" me arrastra hacia un panel lateral al tiempo que empezamos a escuchar las quejas de la gente. Fuimos a sentarnos a un bar cercano. Pedimos dos chupines de vodka mientras me contaba que entre vidas se tomaba un descanso trabajando voluntariamente para la oficina de reinserción carnal, que no tenía acceso a los legajos de los fallecidos que vendrían, que yo estaba muerto, que siempre era bueno encontrarse con parientes. Este espacio atemporal en el que estábamos se llamaba limbo. Los difuntos se quedaban hasta que elegían donde ir y también podían capacitarse para un mejor desempeño en la vida siguiente. Me dijo que era mi primera muerte, para la próxima tendría mas claro el proceso, que era normal que estuviera confundido, era el lugar ideal para eso. Me invitó a quedarme en su casa y masculló algo de una sorpresa mientras pagaba y me llevaba al piso de arriba donde vivía. Al abrir la puerta oí el ladrido y medio segundo después lo reconozco. Prince el perro cuzco que, pobre, no sobrevivió al atropello del auto del vecino. Pero miralo vos… qué lindo que estaba… me siento a acariciar a mi perro pensando en que camino tomaré. Estaba indeciso, no sabía que hacer…mientras tanto estaba bien acompañado…

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