jueves, 16 de junio de 2011

REBECA por SARA RAWICZ


 
El matrimonio Ramírez tenía dos hijos: Rebeca y Roberto, éste tres años mayor. Muy compinches para todo, Roberto urdía las travesuras y su hermana lo secundaba.
El padre, un buen hombre, trabajaba de sol a sol. Sus únicas distracciones eran la televisión, que lo ayudaba a evadirse de las preocupaciones, y la sección deportiva del diario. A la madre no le alcanzaba el día para cumplir con todas sus obligaciones: el trabajo en el hospital, la casa y todas las tareas cotidianas. Muy poco tiempo le restaba para dedicarse a los chicos.  Con ellos vivía un hermano de la madre. Solterón y jubilado, pensaba que aportando su jubilación estaba exento de cualquier colaboración necesaria. Solitario y amante de la lectura, permanecía en su mundo rodeado de sus libros.
Era una familia modesta, en la que no sobraban los bienes materiales, pero no faltaban la felicidad, las risas y la alegría.
La adolescencia marcó una diferencia en la relación de los hermanos. Rebeca se convirtió en una muchachita pizpireta, rodeada siempre de chicos y chicas con quienes compartía paseos y diversiones. Roberto añoraba la infancia, cuando ellos dos solos formaban un mundo. No tenía amigos. Sólo le interesaba su hermana, a la que comenzó a mirar con ojos distintos Sentía celos de los chicos que se le acercaban y trataba de ahuyentarlos.

Rebeca festejó sus dieciséis años con una fiesta acompañada de familiares y amigos. Estaba radiante al apagar las velitas. En ningún instante imaginó que éste sería el último momento feliz de su vida.

Concluida la fiesta, la casa estaba sumida en un sueño profundo. Roberto entró al cuarto de Rebeca, ésta se alegró, quería contarle que estaba enamorada de ese chico rubio, con el que había bailado casi toda la noche. Él no quería escucharla. La estrechó entre sus brazos y comenzó a besarla ardientemente. Ella quiso apartarlo, luchó para desprenderse de él pero no lo logró. La poseyó con pasión, con furia, con dolor. Ya solo en su cuarto dio rienda suelta a un llanto desesperado.
Rebeca lloró lágrimas de vergüenza, de amargura, de desolación. Sus ilusiones, sus sueños, yacían hechos añicos a su alrededor.
Desde ese día trataron de eludirse. Los padres, tan ocupados en sus tareas, no notaron que la casa estaba vacía de risas. El tío, gran observador, notó el pálido rostro de Rebeca contraído por una expresión de sufrimiento e intuyó que algo grave había sucedido.
Rebeca no quería vivir; no tenía con quien compartir la magnitud de su drama e intentó suicidarse pero fracasó; su tío pendiente de ella la socorrió.

El tiempo pasó, pero no mitigó su trauma; creyó que ya no podía ocurrirle nada más grave. A los veinticuatro años le diagnosticaron una leucemia contra la que luchó durante dos años.
Estaba cansada, muy cansada. Los tratamientos eran ineficaces. Por primera vez sintió compasión por si misma. Espiritismo, parapsicología, nada le ayudaba. Tomó la decisión de rociarse con alcohol y prenderse fuego. Así, convertida en una antorcha humana corre a la calle y muere.
Por fin descansa en el ataúd, su rostro oculto para no exhibir el efecto del fuego.
Ella está contenta. Su cuerpo está muerto, pero su espíritu no, ello le permite escuchar la conversación de la gente delante del féretro, que duda si es ella la que realmente está adentro.
                         


Confesión de Rebeca

Los dieciséis años determinaron un antes y un después en mi vida. De ser una chica normal, como todas las chicas de mi edad, alegre, con sueños de futuro y confiada en la gente, me convertí en una persona apática, amargada, con sus ilusiones destrozadas.
Tenía un hermano tres años mayor, siempre fuimos muy amigos, muy compañeros, como dos almas gemelas; hasta esa noche en que la locura cruzó su mente y sin pensar en nada más que en su deseo, me violó brutalmente.
¿Cómo pudo ocasionarme un daño tan terrible? En su desvarío ¿se olvidó que éramos hermanos?
A pesar de que desapareció y nunca más volví a verlo, no pude superar el trauma que me provocó; traté de suicidarme pero fallé en el intento.
Así sigo viviendo, soportando una desgracia tras otra. A los veinticuatro años me diagnosticaron una leucemia. Luché contra ella durante dos años. Hice tratamientos que no resultaron eficaces. Recurrí a sesiones de espiritismo, no me ayudó.
Ya estaba cansada, muy cansada de pelear contra la fatalidad y tomé a mi juicio una decisión valiente; me rocié con una botella de alcohol, me prendí fuego y encendida corrí a la calle, donde finalmente morí.
Ahora descanso en paz.
Estoy dentro del ataúd, con el rostro cubierto para no exhibirlo. Me alegro que sea así.
Mi cuerpo está muerto, pero no la esencia de mi espíritu, por lo tanto puedo escuchar hablar a las personas que se acercan a mi féretro, dudan si realmente soy yo la que está dentro. Entre ellos está mi hermano, llora desesperadamente y me pide perdón.
No siento piedad por él. No puedo perdonarlo.


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